Hostal La China Poblana

Hospedaje en Cuernavaca a su alcance

Leyenda de La China Poblana 

 

Hace mucho tiempo en una ciudad de la India llamada Agra reinaba la dinastía del Gran Mogol, donde nació la princesa Mirrah. A causa de una guerra sus padres se  la llevaron a vivir a Surat; allí la niña descubrió el mar y pasaba las horas haciendo castillos de arena y recogiendo conchas y caracoles que guardaba en su paliacate.

Cierto día, una lancha llegó a la playa y de ella saltaron dos piratas robachicos que en un abrir y cerrar de ojos atraparon a la princesita y se la llevaron en un barco a la costa de Malabar. Ahí, Mirrah se encontró con otros niños robados.La princesa era la más bonita, por eso todos los piratas querían quedarse con ella. Un viejo pirata con pata de palo y parche en el ojo, le lanzó un puñal y la hirió. Al verla lastimada, los demás piratas se compadecieron de ella y llamaron al padre jesuita que vivía en un convento cercano. El jesuita además de curarla aprovechó la oportunidad de hacerla cristiana y bautizarla con el nombre de Catarina de San Juan.

De Cochin, los piratas se dirigieron  a Manila, para vender a los niños. Entre los comerciantes que llegaron para comprar a los chinos, estaba uno que traía un encargo del Virrey de  la Nueva España, don Diego Carrillo y Pimentel, de conseguirle una esclava chinita de buen parecer y gracias para doña Juana, su esposa, así que acudió al mercado de esclavos de Manila, donde los piratas habían llegado con los niños para venderlos.

El comerciante deslumbrado por los grandes ojos negros y la piel morena clara de Catarina, la compró enseguida.

Pasados varios días llegaron al puerto de Acapulco, en México. Tras recoger una mercancía más, y enterarse que el Virrey de  la Nueva España ya se había ido, el comerciante aprovechó para vender a Catarina al capitán poblano, Miguel Sosa, quien andaba buscando una esclava para su esposa Margarita Chávez. Así fue como  por azares del destino la princesa hindú llegó a vivir a Puebla de los Ángeles.

La belleza y dulzura de Catarina   conquistaron el corazón de doña Margarita, quien la vistió con el mismo lujo que acostumbraban hacerlo las damas de la época cuado salían a pasear con las lindas esclavas .

Le puso una camisola con mangas de rico lienzo de Holanda, una enagua de seda o de indiana finísima recamada con randas de oro y plata, un ceñidor tejido de hijos de oro y un rebocillo corto para que dejara lucir su talle. Además le engalanó con collares y pulseras de perlas y aretes de piedras preciosas

 Un día Catarina, fue al mercado y se alegró al ver que vendían paliacates, pues le recordaban su tierra, así que compró algunos para hacerse unas enaguas. Como le quedaron cortas les puso un trozo de tela amarilla en la parte de abajo, para alargarlas; se veían tan alegrs y bonitas que las mestizas se las copiaron.

El tiempo pasaba. Catarina era feliz. Pero una noche falleció el capitán Sosa, así que doña Margarita decidió darle su libertad a Catarina y le entregó las joyas con las que la adornaba cuando salían juntas, comunicándole que la dejaba al cuidado del padre Pedro Suárez. Para protegerla, el padre le propuso que se casara con Domingo, un esclavo chino al que apreciaba tanto que le había dado su apellido. Catarina aceptó.

Catarina y Domingo vivían en el curato, el chino se ocupaba de la iglesia y enfloraba los altares; ella lavaba la ropa de la sacristía, hacía panecillos para la fiesta de san Nicolás Tolentino y tablillas de chocolate que regalaba a los niños que acudían al catecismo. Al morir el padre Suárez, Catarina comprendió que era el momento de vender las joyas que le había regalado doña Margarita para comprar la libertad de Domingo, quien soñaba con ser comerciante. Al poco tiempo murió el chino, en Veracruz.

 Catarina quedó libre. Se fue a vivir a una vecindad. Se ocupaba de hacer  enaguas y después venderlas y socorrer a los pobres. En Puebla algunos pensaron que era una santa, pues además era curandera milagrosa; sanaba a los enfermos dándoles una bebida preparada con agua bendita y un pedazo de cuerno de unicornio.

Un buen día se encontró con una amiga de doña Margarita, quien en su memoria le regaló su chal colorado de lana de cabra, tejido en Rajastán.

A Catarina el chal le recordó a su madre y. añorando su tierra y el aroma de sus flores, ni tarda ni perezosa lo convirtió en una chulísima  anagua o zagaljo que cubrió de lentejuelas para llenarla de luz.   Cada lentejuela la fijaba con una chaquira de cristal y la diminuta cuenta prendía luminosa sobre la fina lana de rojo escarlata. Con ese chal logró hacer una enagua nunca antes vista, de una belleza tan extraordinaria que entusiasmó a las mestizas, sin saber que al paso del tiempo se convertiría en la pieza clave del traje nacional de las mujer mexicana.

 La huella que dejó en su niñez la fantasía oriental fue la semilla de su inspiración creadora y del gusto por embellecerlo todo.

Cuentan que una noche envolvió cuidadosamente la memoria de sus recuerdos en un paliacate y se durmió para siempre, un 5 de enero de 1688, esperando la llegada de los Santos Reyes que la llevarían a los jardines del paraíso prometido en el Corán, tal  como se lo había contado su abuelo materno, un emir musulmán.

Así vivió y murió la china poblana, que no era china ni era poblana, sino una inolvidable princesa hindú.